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El balanceo del desamor

Viernes noche

Viernes noche Ella estuvo toda la semana esperando ese día en el que era más ella misma, o jugaba a ser diferente. Digamos que esas mujeres se daban la mano y eran una sola. Más segura de sí misma, más altiva, deshinibida y arrolladora. Un habitáculo con luces parpadeantes, una luz de neón que le hacía la piel más tersa y cálida, y donde sus dientes resplandecían como teclas de un piano. En la barra, siempre el mismo asiento, un taburete al que le daba miedo subir por el temor a bajar. Sus cortas piernas balanceaban o se recogían tensas. Siempre el temor a mirar a su alrededor. Esa timidez que tantas posiblidades le había quitado en la vida. Con una copa de alcohol, conseguía mirar a su alrededor de forma más natural. Pero aún no conseguía sentirse segura. Envidiaba a las demás mujeres que bailaban a su alrededor y gesticulaban, sí, sobre todo envidiaba a las mujeres que gesticulaban mucho, que movían las manos explicando no sé que cosas pero que parecían la seguridad personificada. Otra copa de alcohol, conseguía que se atreviese a dar un salto y bajar de ese taburete que le había agarrotado las piernas. Y con un sorbo más, conseguía lanzarse a bailar. Entonces sí ya era ella. Ya nada le importaba alrededor. Ni siquiera las mujeres que gesticulaban.
Los hombres le parecían moscas a la miel. Los miraba y estudiaba a la vez. Eran demasiado básicos. Cualquier tratado sobre comportamiento masculino no hubiese tenido que ocupar más de dos páginas, contando eso sí, que una de ellas sería la portada.
Se reía por dentro, mientras pensaba en todas esas cosas. A su manera se divertía aunque a veces parecía seria e inaccesible en un rincón, con una mesa como escudo.
Si los hombres le hablaban, ella los ignoraba, no por prepotencia sino porque no tenía nada que decirles. El desamor había dejado huella en ella y no pensaba volverse a enamorar. Tampoco quería ir metiendose en camas ajenas para hacer realidad sueños ajenos. Quería vivir los suyos propios.
Veía abrirse la puerta, y entrar gente nueva o ya los viejos conocidos. Nunca perdió la esperanza de que entrara por ahí algo parecido a un prìncipe azul, quizás camuflado en chico albanés con chaqueta de cuero marrón, o de chico con mirada perdida y piercing en el ojo, o chico con nariz judía como a ella le gustaban. Alguno de ellos sería, tal vez ninguno pero seguía mirando la puerta con la misma emoción que el primer día. MIentras tanto, se levantaba y bailaba. Y bebía. Quizás algún día haría un streap tease encima de la barra, pero para eso le harían falta un par de copas más que no iba a permitir tomarse. Una sabe sus delimitaciones y ellas sabía muy bien las suyas.
Había llegado el día de perderse en ese lugar donde todos tienen sueños parecidos, problemas similares y solo esperan una sonrisa,un guiño para que sigan latiendo sus corazones. En mi barrio se necesita pan para vivir y alcohol para sobrevivir.
- Otra copa por favor...

1 comentario

Palmira -

No se quien sea el autor pero esta muy bueno.... me encanto :D