Balanceo del desamor

Al despertarme, aún con el sabor del último sueño en la boca, me tapé con la sabana por encima de la nariz. Aún podía oler la vieja madera, y esa pintura desconchada que caia poco a poco como una nieve roja. Comencé a balancearme en la cama, como si aún estuviese sentada en la mecedora. Recordé que en las películas ese gesto suena a locura. En parte, un poco lo era. Deseaba estar en brazos de mi madre, balanceada con el ritmo que solo ellas saben hacer y el calor que solo ellas desprenden.
No quería levantarme, ni esa mañana ni las siguentes. Era de malvivir, vivir un mal de amores. Toda la ilusión invertida en esa nueva relación, se había convertido en un veneno paralizante, que no me dejaba apenas ni pestañear. Lo mejor era cerrar los ojos y entregarme a un nuevo sueño. Quizás la mecedora seguiría ahí y podría balancearme unas horas más mientras mis piernas colgaban como cuando era niña y con el corazón acelerado para no ser descubierta en una habitación húmeda, oscura, tenebre y vieja.
El teléfono sonaba sin parar pero no lo atendía, desde mi mecedora roja todo era más sencillo.
Las sábanas no habían sido cambiadas desde hacía semanas, mi pelo enmarañado y ese olor a sudor delataba que aquello era algo más que un simple desengaño, que era más como una gripe del alma.
Con mi autodiagnóstico, me giré en la cama revuelta, con mi gripe del alma que hacía toser todas mis entrañas y envolvía mis pensamientos en una fiebre intensa y delirante.
Pensé que todo en esta vida pasa, pero mientras tanto, vería pasar la vida balanceándome en la mecedora roja, en un incesante balanceo que calmaba mis penas y dormía mis ganas.
Buenas noches. Hasta un nuevo amanecer.
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